La liberación de la mujer ya está en marcha y no tiene vuelta atrás. Y aunque todavía quede la mayor parte del camino por recorrer, ya surgen atisbos de lo que será un mundo en el que las mujeres ocupen el lugar que les corresponde. Evidentemente, uno de los aspectos que tendrá un nuevo enfoque es la relación con el otro sexo. ¿Cómo será, desde los ojos de una mujer nueva, la relación con el hombre?
Son muchos los siglos de historia escritos por manos masculinas. La educación, basada hasta ahora exclusivamente en valores masculinos, ha marcado y sigue marcando la relación entre hombres y mujeres. No es sencillo romper esa huella, que es profunda en ambos sexos, e iniciar un nuevo tipo de relación basado en algo que vaya más allá de la ansiada igualdad. Esas son etapas intermedias, que son útiles hasta que se alcanza una dimensión mayor y una comprensión más profunda de lo que significa la naturaleza femenina. La nueva mujer no busca la igualdad porque en ningún momento necesita compararse con el hombre. Sabe que la llave para ponerse en el lugar que le corresponde está en el reconocimiento dentro de sí de su propia energía, la energía femenina. Ese es el camino para comenzar a descubrir una dimensión distinta de lo que significa ser mujer.Y por fuerza, la mujer que empieza a dar pasos en esa dirección, que comienza a liberarse de cadenas, tanto las impuestas desde el exterior como las que cada una se impone a sí misma por propia voluntad, quien se atreve a romper dentro de sí con siglos de educación machista y cruza la frontera, empieza a hacer descubrimientos y como consecuencia a necesitar cambios en su entorno. Y en su entorno se encuentra el hombre.Una mujer que descubre dentro de sí el poder de lo femenino ya no es vulnerable ante el hombre ni depende de él para sentirse completa. Sabe que el machismo tiene muchas caras y que no siempre es tan evidente como una bofetada o un golpe en la mesa. La relación con el hombre está llena de situaciones, respuestas, reacciones, intenciones, gestos, actitudes que llevan el sello del macho, unas veces explícitamente y otras de forma más sutil. La labor es larga y compleja, porque se trata de desarmar un sistema de valores muy arraigado, el único conocido hasta ahora, y para ello todo esfuerzo es poco.
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