jueves, 27 de octubre de 2011

¿COMO ES VISTA LA MUJER MEXICANA?

Sin duda en nuestra concepción del recato femenino interviene la vanidad masculina del señor —que hemos heredado de indios y españoles—. Como casi todos los pueblos, los mexicanos consideran a la mujer como un instrumento, ya de los deseos del hombre, ya de los fines que le asignan la ley, la sociedad o la moral. Fines, hay que decirlo, sobre los que nunca se le ha pedido su consentimiento y en cuya realización participa sólo pasivamente, en tanto que "depositaría" de ciertos valores. Prostituta, diosa, gran señora, amante, la mujer transmite o conserva, pero no crea, los valores y energías que le confían la naturaleza o la sociedad. En un mundo hecho a la imagen de los hombres, la mujer es sólo un reflejo de la voluntad y querer masculinos. Pasiva, se convierte en diosa, amada, ser que encarna los elementos estables  y antiguos del universo: la tierra, madre y virgen, activa, es siempre su función. La feminidad nunca es un fin en sí mismo, como lo es la hombría.
 En otros países como holanda  estas funciones se realizan a la luz pública y con brillo. En algunos otros como japón ( es el caso de la geisha) se reverencia a  las prostitutas en otros países donde influye mucho la iglesia  a las vírgenes; en otros, se premia a las madres; en casi todos, se adula y respeta a la gran señora. Nosotros preferimos ocultar esas gracias y virtudes. El secreto debe acompañar a la mujer. Pero  la mujer no sólo debe ocultarse sino que, además, debe ofrecer cierta impasibilidad sonriente al mundo. Ante el escarceo erótico, debe ser "decente"; ante la adversidad, "sufrida". En ambos casos su respuesta no es instintiva ni personal, sino conforme  a un modelo genérico. Y ese modelo, como en el caso del "macho", tiende a subrayar los aspectos defensivos y pasivos, en una gama que va desde el pudor  y  la "decencia" hasta el estoicismo, la resignación y la impasibilidad.

LA ABNEGACION DE LA MUJER MEXICANA

La abnegación constituye la trampa más perfecta para la nulificación humana de la mujer, así también el atropello y la denigración de sus derechos esenciales. La abnegación implica una idea de renuncia, un no desear nada para sí, una perene limitación. Desde niñas aprenden las actitudes propias de su sexo y saben que deben asimilarse a ellas, de modo que en la medida que crecen y conforman los ”ideales femeninos” aceptados, el circulo vicioso se consolida. La mujer abnegada es aquella que sabe soportar con resignación las adversidades de la vida: no protesta, nunca se revela ni exige, se olvida de sí misma a favor de los intereses de otros.
El hecho de servir es para las mexicanas una filosofía; ellas son serviles más bien en la medida que sirven con todo su ser, en cuanto a que se someten de manera absoluta a los intereses de quienes las rodean. La mujer mexicana es un ente al servicio de los hombres, con quien ellos cuentan incondicionalmente, en cualquier circunstancia y sin ninguna remuneración.
Sexualmente presentan un servicio no remunerado y no le dan mucha importancia a su propia insensibilidad sexual. Viven las relaciones sexuales como un tabú, se les antoja repugnante, lo cual condiciona su frigidez. Ha sido disminuida en la medida en que lo ha permitido, así mismo si el hombre no tiene conciencia de ella se debe en mucho a que ella no se ha hecho consciente, ni para sí misma, ni para los otros y no ha querido demostrar su existencia.
La madre mexicana no es más que la perenne servidora de todos, propicia el bienestar hogareño, soporta insultos y malos tratos, y todo sin protestar, sacrificando cualquier interés o aspiración propia a favor de los descendientes.